
POETAS Y POLITICOS EN EL UMBRAL DE UNA ENCRUZIJADA
Por Rafael Bordao.
Los poetas deberían saber de todo porque el mundo parece estar ardiendo, y quien escribe sin conocer el incendio solo fabrica cenizas decorativas. El poeta que ignora la maquinaria del poder termina siendo cómplice involuntario de aquello que denuncia, canta la herida sin entender quién sostiene el cuchillo. Y los políticos, esos artesanos de la realidad, deberían aprender poesía para que la palabra no se les pudra en la boca. Porque un político sin poesía es un administrador del vacío, un burócrata del sufrimiento ajeno, alguien que legisla sin comprender que cada vida es un esímbolo y cada decisión un verso que puede salvar o condenar.
Si ambos se atrevieran a cruzar esa frontera -el poeta cargando la crudeza del mundo, el político cargando la fragilidad del alma- quizás dejaríamos de vivir en sociedades donde la justicia es un trámite y la belleza un lujo. El equilibrio no es una utopía, es una responsabilidad que ambos han abandonado por comodidad o soberbia. El prójimo, ese ser que respira a nuestro lado sin anunciarse, merece más que discursos y metáforas, merece que la inteligencia y la compasión se unan como dos llamas inextinguibles. Hasta que eso no ocurra, seguiremos viviendo en un mundo gobernado por quienes no saben sentir y escrito por quienes no saben actuar.